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Muchas veces, cuando pensamos en las prostitutas, podemos imaginarnos a una mujer que tiene sexo para pagarse su adicción a las drogas o porque se encuentra en una situación de precariedad. En definitiva, esta práctica está históricamente unida a la pobreza y las personas más vulnerables, en la gran mayoría de los casos, o directamente a la esclavitud.

No obstante, la figura de las escorts pretende romper con estas ideas y creencias acerca de esta clase de trabajadoras y trabajadores del sexo. El concepto ‘escort’ se asocia a mujeres de una gran belleza, con excelentes estudios, y capaces de ofrecer interesantes conversaciones o incluso actuar como acompañantes para ciertos eventos sociales. La idea es, básicamente, ir más allá del acto sexual en sí mismo; el servicio de una escort incluye la posibilidad de experimentar algo parecido a una relación afectiva real. 

No todo el mundo tiene muy clara la diferencia entre escort y prostituta, puesto que pueden ofrecer servicios similares (aunque no idénticos). Básicamente, las (o los) escorts suelen realizar servicios que una prostituta o prostituto no realiza. En el caso de la prostituciòn se trata de la recepción de dinero a cambio de relaciones sexuales de manera fugaz, por lo general, por un determinado tiempo pactado previamente. En el caso de las escorts, pueden tener relaciones sexuales con los clientes, pero también pueden simplemente acompañarles a eventos, fiestas o viajes de negocios. 

Posiblemente, la principal diferencia entre prostitutas y escorts es que éstas últimas pueden realizar servicios de acompañante, es decir, que pueden acudir a eventos sociales con sus clientes. Dicho de otro modo, no limitan sus trabajos a una o dos horas, sino a noches enteras, días, e incluso fines de semanas. 

Aunque en la actualidad existen multitud de escorts que practican la prostitución, en un principio este “oficio” nació orientado al acompañamiento. Es decir, a personas sin pareja o con ella, para acudir a eventos como reuniones o cenas de amigos, pagan a mujeres tildadas por la sociedad como espectaculares, para fingir ser su pareja.

Se trataba de un hábito muy normal sobre todo décadas atrás, donde personas de gran poder adquisitivo con la única meta de mostrar a una mujer bonita como si de un trofeo se tratara, contrataban sus servicios para decirle al mundo lo guapa que era su pareja.